¿Cómo promover la independencia y autonomía en los niños?

¿Cómo promover la independencia y autonomía en los niños?

Francisca Serrano

Psicóloga infantil

 

En mi trabajo con niños he tenido la oportunidad de acompañar a muchos papás y mamás que tienen dificultades con diversos aspectos del desarrollo de sus hijos.

Una problemática común es la necesidad de que los niños sean progresivamente más autónomos, a fin de que enfrenten adecuadamente los desafíos propios de su edad. Así, me encuentro con papás y mamás que buscan ayuda para que sus hijos sigan rutinas de estudio o quehaceres cotidianos, porque están cansados de repetirles todo mil veces, para que logren entrar al jardín o colegio sin llorar, para que logren vencer la timidez y se relacionen con otros niños o para que puedan pedir ayuda frente a situaciones de bullying escolar, entre otros ejemplos. En ocasiones, al analizar los motivos de por qué los niños no logran la autonomía esperable según su edad, me doy cuenta de que los mismos padres – a veces sin darse cuenta – actúan de una manera que no promueve el logro de las conductas que esperan.

Dado lo anterior, quiero darles algunos consejos para contribuir al desarrollo de la autonomía en los niños, especialmente a aquellos padres y madres que presentan mayor dificultad en esta materia:

 

  • Entrenar la mentalización parental: Es la capacidad del adulto para inferir estados emocionales o intenciones de los niños. Esta habilidad es relevante para el desarrollo de la autonomía porque permite al adulto hacer una interpretación adecuada sobre los motivos de las conductas de su hijo, encontrando la forma de ayudarlo a ser autónomo. Un ejemplo de cómo se aplica esta habilidad se aprecia en el siguiente escenario: un papá lleva a su niño al jardín por primera vez y se ve enfrentado al llanto desconsolado de su hijo en la entrada, durante los primeros días. Él tendrá el desafío de poder pensar en una serie de opciones respecto de cuál sería el motivo de la angustia del niño en ese lugar, en base a lo que su hijo dice, cómo se comporta, la información entregada por las profesoras, etc. Si logra identificar la causa – que puede ser desconfianza inicial, sueño o angustia porque hay un niño peleador, entre otras – podrá actuar de manera de facilitar al niño la adaptación al jardín. Por ejemplo, si la conducta sólo se debe a una desconfianza inicial, podrá acompañarlo un rato los primeros días hasta que se sienta seguro. En cambio, un adulto al que le cuesta la mentalización probablemente no empatice con la angustia de su hijo o bien le cueste identificar el motivo, pudiendo caer en conductas que no ayuden al proceso, como retarlo o sacarlo del jardín.

 

  • Ser una base segura: La estabilidad emocional de los niños depende mucho de tener adultos cercanos que lo contengan en situaciones estresantes, esto implica comprender que hay momentos en los que los niños no pueden continuar con una cierta conducta autónoma o de exploración, sino que requieren del consuelo del adulto a cargo para recuperar su estabilidad. La teoría del apego habla de esto y entrega distintos ejemplos de cómo se comportan los niños que están sanos en este plano, siendo lo más característico el interrumpir la conducta autónoma y recurrir al adulto frente a escenarios de estrés. Entonces, el niño que tiene a su cuidador disponible en estas situaciones dejará de ser autónomo por un rato, buscará el apoyo que necesita y luego debería retomar su actividad. Algunos papás o mamás pueden pensar que si alientan a su hijo a enfrentar sus desafíos minimizando su necesidad de consuelo estimularán la autonomía, lo cual no es real, porque un niño muy estresado difícilmente podrá hacer frente a situaciones nuevas o difíciles. Voy a ejemplificar con una situación típica: Un niño juega en una plaza con otros niños, uno de ellos le quita su balde. El niño llora y le cuenta esto a la mamá, quien lo está vigilando. Es probable que si la mamá le dice “da lo mismo, juega con otra cosa”, el niño sienta que se mantiene su rabia o angustia por esta dificultad, volviéndose más inhibido o bien intentando controlar la situación de mala forma, probablemente con agresividad. Al contrario, si la mamá valida el malestar de su hijo y le ofrece una solución, es probable que el niño internalice el espacio de la plaza como un lugar seguro, dónde puede jugar y sociabilizar con tranquilidad.

 

  • Establecimiento de límites: Antes de los 7 años, los niños tienden a actuar de forma bastante inmediatista, lo cual quiere decir que tienden a buscar la satisfacción de sus deseos inmediatos y no a la realización de deberes u obligaciones. Entonces, si queremos que un niño logre hacer autónomamente alguna actividad, hay que considerar esta característica y establecer límites que constituyan consecuencias frente al logro de conductas de autonomía, que sirvan como un incentivo. Idealmente, estas consecuencias deben repetirse a modo de rutinas, lo cual ayudará aún más en la adquisición de los hábitos esperables. Por ejemplo, a muchos niños que atiendo les cuesta ejecutar hábitos como ordenar sus cosas, hacer su higiene personal o estudiar, siendo sus padres quienes deben insistir mucho para que lo realicen, dado que tienden a quedarse “pegados” en otras cosas que les gustan, como ver televisión, jugar o usar pantallas interactivas. En esos casos ayuda bastante estructurar el tiempo que los niños tienen después de clases, poniendo algunas responsabilidades como las mencionadas dentro de lo primero que se hace al llegar a casa, indicándole al niño que si lo cumple todo podrá dedicar el resto del tiempo a lo que le gusta. Al contrario, repetirle al niño que haga las cosas sin ayudarlo a priorizar sus obligaciones probablemente termine en que escoja lo que más le gusta, olvidando lo otro y generándose un conflicto.
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